Signaturas de la inseguridad en el pensamiento filosófico político contemporáneo

Cristopher Ferreira Escobar

La idea de inseguridad propuesta y tratada acá, se localiza en un sentido particular, condiciones de inestabilidad que permean la vida, llevándola a experiencias de inseguridades. Esta condición se podría expresar de diversas formas, disrupción en la rutina de la vida misma (material), reflexiva (sicológica), generadora de incertidumbre, de gobierno y cálculo del riesgo. A estas condiciones las denomino: signaturas de inseguridad. Antes de entrar a su revisión, voy a precisar algunas cuestiones elementales para ser cuidadoso en este trabajo, exponiendo de esta manera sus límites. La primera cuestión es de carácter investigativo, aludiendo a una investigación descriptiva, pero de carácter aproximativo a un campo de pensamiento filosófico político contemporáneo en clave inseguridad. La segunda es dejar en claro las diversas formas de comprensión semántica, ya que algunos casos revisados se inscriben en un bagaje atemporal, lo que reporta una diferencia etimológica difícil de precisar en un escrito como este. En tercer lugar, y circunscrito al punto anterior, la linealidad temporal sólo se explica desde el sentido propuesto. Esto es relevante, ya que sólo podemos hablar de inseguridad de una forma sintética, pero en vista de las advertencias anteriores se hace plausible. Y, por último, los autores escogidos, que son pocos, responden a una importancia en la filosofía y teoría política, que en algunos casos fundamentan líneas de reflexiones en partidos políticos chilenos; por otro lado, también debo remitirme a una cantidad máxima de escritura, por lo que se dejan a varios fuera.

Este reporte argumental de inseguridad no sólo se instala desde nuestra contemporaneidad, sino que tiene emergencia desde las épocas más tempranas, o sea, ya es posible rastrear una cierta gestualidad discursiva impregnada en estos códigos. Bajo esta aclaración, toma centralidad entonces, bosquejar brevemente, y entendiendo que hay muchos proyectos «antiguos» que podrían gravitar en este sentido y tener espacio en el escrito, algunas líneas de inseguridad.

Dicho esto, atenderemos a esos registros no contemporáneos —tragedia griega, Hobbes y Kant— y posteriormente a Michel Foucault, Claude Lefort y  Chantal Mouffe.

Caracterización de la inseguridad en la historia

Desde el mundo griego, diversos son los motivos explicativos de la vida, sin embargo, la cuestión del conflicto parece ser una categoría no problemática y por lo mismo no gestante de un abandono a la cuestión del padecimiento; es por esto que todo el volumen del pensamiento griego no manifiesta al conflicto como condición irrenunciable ni a evitar, por lo que en las diversas literaturas no es posible encontrar un rechazo a estas categorías. Sin embargo, una dimensión conocida como tragedia griega anuda su argumento en claves de conflictos y padecimientos. Es así como esta representación literaria y teatral figura el recordatorio de una vida no controlada por fuerzas extrañas que ponen en riesgo la existencia, generando dolencias mientras estas fuerzas se visibilizan y permanecen.

La tragedia griega, en cuanto cuerpo de pensamiento y motivos reflexivos, se posiciona como una filosofía política (Arancibia, 2016) que registra nuevos sentidos explicativos de la condición del hombre, a saber, la experiencia trágica pone a la vida en un tormento en donde lo estable, lo seguro y lo continuo, se sumerge en un marco disruptivo. Por lo tanto, una vez que lo trágico se presenta, el simulacro del orden, de la seguridad y tranquilad se ven amenazados por fuerzas que despliegan y promocionan el fracaso a la existencia, proyecciones y modulaciones.

Ya en tiempos pre modernos, y siguiendo a Roberto Esposito (2003), Hobbes reconfigura la idea del miedo anquilosada a un estado negativo y la convierte en elemento gravitante para la irrupción del Estado. Si antes el miedo era signo de vulnerabilidad y de cobardía —excepto en la tragedia griega—, ahora se erige como cuestión de la más pura urgencia a solicitar, en efecto, el miedo se resignifica como sentimiento de primer orden, y ya no como sinónimo de deficiencia y debilidad experimentada. Por otra parte, y en ligazón a lo anterior, dicha emoción vehiculiza la legitimidad de un Estado que permita el abandono de la naturaleza, por un lado, y unir el sentimiento del miedo a una entidad conocida y no a otros en la arbitrariedad, es decir, «el Leviatán no es el fin del miedo, sino el paso de un temor imprevisible al prójimo a otro previsible encarnado en la figura del Leviatán» (Kessler, 2015, pág. 54). Con todo esto, se inserta una cuestión primordial: razón y miedo son componentes relacionados, su juntura no es artificial, pues el miedo es instaurador y legitimador de una racionalidad conducente a un proyecto nuevo de sociedad.

Tiempo después, y en el marco de la Modernidad, la figura de Kant nos reporta una filosofía adscrita y sensibilizada a la actualidad en dos ejes. La primera es representativa en su libro La Lógica. ¿Cuál es esta sensibilidad actual? Kant estabiliza tres preguntas de largo alcance que diagraman la posibilidad más temprana de un sujeto finito, ¿qué puedo saber? ¿qué debo hacer? Y ¿qué me es permitido esperar? Estas interrogantes subsumen la posibilidad de la experiencia desde un marco referencial que la apertura y posibilita, por lo tanto, lo qué puedo hacer, debo hacer y me es permitido esperar, se responden a los sentidos mismos que una época comporta, moviliza e impulsa.  La segunda sensibilidad se localiza en su idea de que la verdad ya no está en elisión entre sujeto y objeto, en donde el sujeto, por medio de unas herramientas estabiliza y posiciona la verdad fuera de este, más bien, la verdad es trasladada al sujeto mismo. Por lo tanto, nos encontramos con una idea de sujeto de la finitud; mis experiencias se condicionan a un carácter epocal, en la cual la verdad del mundo proviene de una posición particularizada del sujeto que, por lo mismo, problematiza y posibilita respuestas desde una figuración de posibilidad. Esto nos lleva a dos problemáticas, la seguridad del sujeto respecto a lo qué es, a lo qué piensa, sin más, su acceso a la verdad, está en límite; pero también, y al mismo tiempo, no hay objetividad general. Entonces, ¿qué seguridad puede dar un mundo de experiencia finita y verdad subjetiva? ¿No acaso esto origina incertidumbre constante en un mundo de verdades? Si la Modernidad es el tiempo de la finitud, Kant introduce un elemento finito a la misma. ¿No sería entonces la Modernidad una experiencia posible a su propia condición de posibilidad? Esto podría representar un signo —tomando los resguardos posibles—, de inseguridad, pues suponer en la experiencia moderna algo así como un elemento finito interiorizado por la reflexión, y que por lo tanto los pilares desde los cuales esta época se erige se ven tensionados y problematizados, apertura la posibilidad de auto fractura. Esto genera lo siguiente, si el sujeto pone en interrogación su verdad, su sensibilidad, su ethos, su posición se pone incierta. Por lo tanto, la seguridad de lo que una institución —colocando una palabra temprana— rutiniza en mí, se podría disolver, y lo que era seguro de mi mirar y de mi comprehender, se vuelve líquido.

Como se ha observado, diversos son los registros, planteamientos y líneas argumentativas que introducen la inseguridad como premura a pensar y problematizar, haciéndonos concebir un volumen y espesor entramado a una seguridad imposibilitada, debido a lo cual, lo inseguro se instala en una posición potencial y eminentemente vital.

La inseguridad en autores contemporáneos

Variados autores son agentes problematizadores del designio de la Modernidad, los cuales tensionan —dicho de modo ahorrativo— lo siguiente: Freud con lo inconsciente, Heidegger con el problema de la tecné, Wittgenstein con el juego del lenguaje, Hannah Arendt con la política como acontecimiento del actuar y no del producir, Lacan con el significante amo, Derrida con el exterior constitutivo, etc. Pese a los diferentes tratamientos, en todos ellos es posible observar una nítida vinculación entre sujetos, inseguridades y conflictividad. En otra colocación, otros autores como Max Weber, Carl Schmitt y Clausewitz no tensionan el proyecto de la Modernidad, pero sí disponen de un léxico de la inseguridad y conflicto, en donde el primero promociona al Estado como monopolio de la violencia legítima; el segundo establece la dicotomía amigo-enemigo; y el tercero la política como la continuidad de la guerra por otros medios, de modo que, hay un prístino bagaje iniciador y sostenedor de una idea de la inestabilidad y conflictividad en estos autores.

Mencionado esto, propongo una lectura un poco más exhaustiva de tres autores ceñidos a estas claves y coordenadas de la inseguridad, a saber, —y en este orden— Michel Foucault, Claude Lefort y Chantal Mouffe. La solicitud de estos se instituye por ser poseedores de un examen contingente en el debate actual en estas lógicas, las cuales están investidas e imbricadas en problemáticas y circunstancias en boga. Así, con Foucault me remito a la crisis de la experiencia moderna en la figura del hombre y la tecnología de la seguridad en la racionalidad gubernamental; en Lefort la idea de indecibilidad en la democracia; y en Mouffe las nociones de la democracia radical y el concepto de agonismo.

Michel Foucault

En sus distintos motivos de investigación, ya sea arqueológico, genealógico o ético, Foucault tiene un examen y tematización permanente, casi de manera teleológica, al sujeto como preocupación investigativa capital. De esta manera, se entiende que «no es la cuestión del poder, sino la cuestión del sujeto lo que constituye el problema general de su investigación» (Arancibia, 2010, pág. 75). Esta generalidad investigativa interroga particularmente por las formas de producción de subjetivación en el sujeto (DE4, 697) citado por el profesor Edgardo Castro (2018) y (Arancibia Carrizo, 2016). Aquí reside entonces el carácter político en la obra foucaultiana: la política sería así, los procesos de subjetivación del sujeto.

La gubernamentalidad, en cuanto desplazamiento de la forma articuladora de la Razón de Estado ocasionado a fines del siglo XVIII, puede ser caracterizada por tres elementos primos que dan lugar a una racionalidad específica que la soporta hasta la actualidad. En primer lugar, se concibe a la población como un campo de intervención gestionable en el marco de sus fenómenos; en segundo lugar, la economía se transforma en un saber de veridicción que orienta lo que deber ser de lo que no; y, en tercer lugar, la seguridad se vuelve un instrumento técnico que determina una forma de actuar particular (Foucault, 2006). De esta manera, la idea de seguridad emerge como una lectura particular de las relaciones gubernamentales configurando un ordenamiento específico de la población que afecta la manera en que se despliega la propia acción de los individuos, y que, por lo tanto, se alejaría del sentido restrictivo de la cuestión de seguridad entendido como simple resguardo ante una eventualidad.

Ahora bien, las tecnologías de seguridad serían el resultado de variados puntos de intersección que les van dando forma, algunos de estos elementos son indicados por Lemke (2012) como la existencia de mecanismos minimizadores de riesgos sociales bajo la economía del poder, la seguridad como una forma de actuar sobre lo social basada en cálculos probabilísticos y la noción de peligro como marco regulador tanto de la libertad como de la seguridad. Junto con lo anterior, se debe comprender que dentro del liberalismo la cuestión de la libertad no es tanto un asunto de derecho natural, sino más bien, una cuestión consuntiva que requiere de la producción de la misma (Foucault, 2007), por lo mismo, la organización del liberalismo no debe ser leída desde la máxima sé libre que llevaría a considerar la necesidad de una libertad progresiva que se desarrollaría históricamente bajo el proyecto de la modernidad, sino que, por el contrario, la libertad se configura como un hecho no dado, no natural, así, la libertad debe ser constantemente producida y particularizada. En otras palabras, lo liberal produce un estatuto al que le asignará la nomenclatura de libertad a través de la cual discriminará aquello que sí puede serlo de aquello que no, de esta manera, la libertad es producto constante de una fabricación que se realizará solamente en su consumo, o sea, lo libre sólo es posible de legitimarse en el orden del consumo (soy libre porque consumo, consumo porque me da libertad). De esta manera, Seguridad y Libertad se trenzan.

Las estrategias de seguridad, por lo tanto, se vuelven el reverso y condición misma de la libertad en el liberalismo, puesto que la libertad se vuelve un riesgo para sí misma al desbordarse como tal.  Por lo mismo es que para el liberalismo los dispositivos de seguridad le permitirán producirla y administrarla para que no se vuelvan un riesgo para el interés general. Es así como se constituye una economía del poder, ya que se generará un espacio que actuará como lugar de veridicción, siendo dicho lugar el mercado. En este sentido, como indica Salinas (2015), la idea es simple, pues se tratará de una cuestión de rendimiento, performance y maximización que darán forma a la legitimidad, en donde, seguridad y libertad se relacionarán transformando a la legitimidad en una problemática en sí misma.

En segundo lugar, la seguridad se transforma en un cálculo probabilístico del riesgo, puesto que la tecnología de seguridad tiene como fin, en cuanto elemento técnico, regularizar los fenómenos sociales de la población antes que actuar directamente sobre los cuerpos a través de la disciplina. Por lo mismo, la intención de las tecnologías de seguridad no es tanto la de eliminar o mitigar las inseguridades, más bien, el conocimiento de los fenómenos sociales catalogados como inseguridades mediante un cálculo probabilístico que dé cuenta de ciertos rasgos tales como frecuencias, problemáticas, impactos y características, buscando construir un saber de aquello.

Por último, el peligro se vuelve marco regulador entre la libertad y la seguridad. Si anteriormente el peligro era concebido como desbordamiento de la libertad por sí misma, o sea, el peligro provenía de la misma libertad como efecto de esta, ahora el peligro se vuelve un dispositivo regulador entre la libertad y la seguridad, en cuanto que limita ciertas conductas, ya que hay fragilidad y padecimiento. Bajo esta línea argumental, tanto el presente como el futuro son «portadores de peligro», colocando de esta manera al sujeto en una condición de mesura, de orden, de aquietamiento y racionalidad (Foucault, 2007). Un punto importante es que el peligro como el cálculo del riesgo no son nociones modernas, pero si problemáticas públicas actuales, pues la acción gubernamental y de otros saberes transitan en y desde estas coordenadas.

Claude Lefort

En el régimen moderno de la política, la democracia se instala, por lo menos de una manera convencional, alrededor del escrutinio como signo democrático. Si bien hay literatura que consigna otras posibilidades y manifestaciones, como la participación vinculante en formulaciones, implementaciones y evaluaciones de políticas, así también como la descentralización, etc., en Lefort, y vehiculizado por una trama argumental de la Modernidad como designio de la verdad subjetiva, la cuestión del poder se convierte en un lugar vacío, el cual no debe ser capturado en todo su volumen y espesor, puesto que representaría, en última instancia, una determinación cuyo horizontes de sentidos modernos ya no posibilita (Lefort, 1986).

Esto trae implicancias a la seguridad, ya que, siguiendo a Kessler (2015) la indecibilidad, transformada en la aceptación de la incertidumbre en la democracia comporta una mayor sensación de inseguridad. Por lo tanto, la aceptación de la pluralidad, y por ende, la renucia a un fundamneto ulterior, es marco de conflicto constante. Y si tensionamos más sus posibilidades, en palabas de Fernando Mires, «La democracia no se encuentra al final de la lucha, sino que es la lucha misma que no tiene final» (2004, pág. 24).

Chantal Mouffe

Para Mouffe, la democracia moderna, es decir, inserta en lo político, niega un cierre que articule y promocione las relaciones. Así, “Sociedad, poder y derecho están expuesto a una indeterminación radical… lo instituido nunca llega a ser establecido, lo conocido permanece indeterminado por lo desconocido y el presente resiste a toda determinación” (Mouffe, El retorno de lo político. Comunidad, ciudadanía, pluralismo, democracia radical, 1999, pág. 30).

Al existir un exterior constitutivo que genera la identidad, es decir, “toda identidad se construye por parejas de diferencia” (Mouffe, El retorno de lo político. Comunidad, ciudadanía, pluralismo, democracia radical, 1999, pág. 16), siendo importante en la argumentación de Mouffe, lo político, en efecto, versa sobre la pluralidad y la democracia moderna al entender que la diferencia es constitutiva de cualquier identidad; así, lo otro es algo necesario y fundamental, condición sine qua non del uno. De allí que la democracia radical exige pensar antagonismo hacia un agonismo. Como indica Mouffe sobre el pluralismo, “no es meramente un hecho…sino un principio axiológico…Se juzga constitutivo de la democracia moderna” (Mouffe, La paradoja democrática, 2003, pág. 37). Si se acepta el pluralismo, lo que está “en juego es el poder y el antagonismo” (Mouffe, La paradoja democrática, 2003, pág. 39).

Por lo tanto, lo político es esa condición constitutiva del sujeto donde la diferencia es nuclear, de allí que la política busque, siempre en mira desde este núcleo, el reconocimiento de la diferencia (pluralidad), haciendo de la democracia radical el mecanismo que la vehiculice. De esta manera, el otro, que es antagónico, pero necesario y constitutivo, no puede erradicarse, por lo que debe ser llevado a su agonismo.

“Introducir la categoría de adversario requiere hacer más compleja la noción de antagonismo y distinguir dos formas diferentes en las que puede surgir ese antagonismo, el antagonismo propiamente dicho y el agonismo. El antagonismo es una lucha entre enemigos, mientras que el agonismo es una lucha entre adversarios…el objetivo de la política democrática es transformar el antagonismo en agonismo” (Mouffe, La paradoja democrática, 2003, págs. 115-116).

De esta manera, el modelo agonístico reconoce todo el bagaje de la naturaleza de lo político, pero además entiende que el poder, y aquí un discurso cualquiera, no puede situarse de forma objetiva.

Si el conflicto toma vertebralidad en el reporte Mouffiano de su democracia radical, la cuestión de la inseguridad se torna pieza clave a soportar, por lo que las modulaciones que una democracia a de instalar, siempre debe estar en vista de una indeterminación constante. Así, la inseguridad es designio propio de un proyecto moderno de relaciones, en donde lo estable, lo fijo, lo estático, es el principio rutinizador de la misma.

Se ha observado una idea de inseguridad en estos autores, la que recorre por diferenciados ámbitos y sentidos, en Foucault, por ejemplo, la seguridad como tecnología de una sinergia llamada Gubernamentalidad, y por ende un dispositivo técnico que pone a disposición el estado actual de un lugar-población. Pero también, se instala la idea de seguridad como un elemento de cálculo de los sujetos, en donde deben administrar riesgos. Con Lefort, la relación de indecibilidad y democracia pone en tensión permanente los acuerdos unívocos, el poder exclusivo, etc., más bien se trataría de aceptar esa posibilidad temprana del carácter plural, en donde el conflicto, crisis e inseguridades se hacen presente en el proyecto democrático. Mouffe por su parte esclarece una condición propia, denominada muchas veces ontológica, en la cual el conflicto toma centralidad en la existencia, así, la categoría de agonismo sería el crisol de esta observación fundamentalista de los sujetos.

Referencias Bibliográficas

Arancibia Carrizo, J. P. (2016). Tragedia y melancolía. Idea de lo trágico en la filosofia política contemporánea . Santiago: Eiciones La Cebra.

Arancibia, J. P. (noviembre de 2010). http://repositorio.uchile.cl. Recuperado el 4 de julio de 2019, de http://repositorio.uchile.cl/bitstream/handle/2250/108666/El-concepto-de-poder-en-la-obra-de-Michel-Foucault.pdf?sequence=3&isAllowed=y

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Castro, E. (2018). Diccionario Foucault temas, conceptos y autores. Buenos Aires: Siglo XXI.

Esposito, R. (2003). Communitas. Origen y destino de la comunidad. Buenos Aires: Amorrortu.

Kessler, G. (2015). El sentimiento de inseguridad. Buenos Aires: Siglo veintiuno.

Lefort, C. (1986). The Political Forms of Modern Theory. Oxford: University Oxford.

Mires, F. (2004). Introducción a la Política. Santiago de Chile: LOM.

Mouffe, C. (1999). El retorno de lo político. Comunidad, ciudadanía, pluralismo, democracia radical. España: Paidós.

Mouffe, C. (2003). La paradoja democrática. España: Gedisa.